Sinopsis
Un profesor de provincias se propone cambiar la filosofía sin moverse de su butaca y lo consigue. Para algunos, el secreto está en su cráneo, para otros, en la soltería.
No es casualidad que en su día, la parte del cuerpo de Descartes desaparecida fuera el cráneo. En el siglo XVII nació la frenología, que florecerá durante los siglos XVIII y XIX y tras una corta vida, será considerada una pseudociencia en el XX. El objetivo de frenólogos como Joseph Gall, era el estudio de la personalidad del ser humano a través de las características físicas del cráneo. En aquella época, el estudio de las protuberancias de dicha parte de la anatomía les parecía un método más que fiable para analizar las características de su propietario original y parece que los filósofos eran una buena piedra de toque porque también la cabeza de Immanuel Kant, fue sometida a estudio a la luz de la nueva ciencia, como podemos leer en el pequeño opúsculo del doctor Wilhelm Gottlieb Kelch, titulado de manera muy poco original: "Sobre el cráneo de Kant".
Desde luego si yo fuera frenólogo, recalco, solo si fuera frenólogo, y me dieran a elegir el cráneo de un filósofo, elegiría a Immanuel Kant, esa mezcla de Sheldon Cooper, Frasier Crane y Paco Martínez Soria, que nació en Königsberg en 1724 y murió en el mismo lugar ochenta años más tarde, sin haber salido de su localidad natal. Y no por falta de
oportunidades, puesto que le fue ofrecida una cátedra de Filosofía en la prestigiosa Universidad de Berlín, pero al bueno de Immanuel no le atraían ni las aglomeraciones ni los desplazamientos.
Nació en una familia muy humilde, de hecho, pudo comenzar sus estudios gracias a la beneficencia. Fue siempre el primero de la clase, y desde pequeñito tuvo una marcada inclinación por las especulaciones filosóficas. No fue muy aficionado ni a los eventos estudiantiles ni, en general, a los desahogos de cualquier tipo. Su precaria situación económica le hizo ponerse pronto a trabajar como preceptor y aunque se ganó el respeto de las familias que le confiaron a sus hijos siempre pensó que desasnar a la chiquillería no era lo suyo.
Nació en una familia muy humilde, de hecho, pudo comenzar sus estudios gracias a la beneficencia. Fue siempre el primero de la clase, y desde pequeñito tuvo una marcada inclinación por las especulaciones filosóficas. No fue muy aficionado ni a los eventos estudiantiles ni, en general, a los desahogos de cualquier tipo. Su precaria situación económica le hizo ponerse pronto a trabajar como preceptor y aunque se ganó el respeto de las familias que le confiaron a sus hijos siempre pensó que desasnar a la chiquillería no era lo suyo.
Amante de las tertulias y las conversaciones de cualquier índole, con
31 años dejó las clases particulares y pensando que ya era hora de
tener un trabajo seguro que le permitiera dedicarse a lo que verdaderamente le gustaba, ganó las oposiciones para
profesor universitario. Afortunadamente para sus alumnos la falta de emociones primarias del bueno de Immanuel no se reflejaba en sus lecciones, ya que en lugar
de clases magistrales, como solían hacer la mayoría de profesores, se dedicaba simplemente a esbozar algunas
directrices, con el fin de estimular la actividad y el filosofar autónomo de los
estudiantes.
A pesar de que jamás contrajo matrimonio (o
quizás gracias a eso) fue considerado ejemplo de vida ordenada y
metódica. Se interesaba por cualquier materia y solo se permitía romper la rutina asistiendo y organizando tertulias y comidas, con mucha frecuencia en su casa, durante más de treinta
años. Allí intercambiaba opiniones con gente de diversas procedencias e intereses acerca de cualquier tema, tan solo por el placer de hablar.
Ante
una vida como esta, podemos imaginar fácilmente que le podía dedicar
mucho tiempo a cualquier cosa y él eligió elaborar su propio sistema de pensamiento y construir opiniones fundadas acerca de todos los temas. Volveremos con Kant en otro momento, da para mucho.


