martes, 18 de abril de 2017

Immanuel Kant

Sinopsis

 Un profesor de provincias se propone cambiar la filosofía sin moverse de su butaca y lo consigue. Para algunos, el secreto está en su cráneo, para otros, en la soltería. 





No es casualidad que en su día, la parte del cuerpo de Descartes desaparecida fuera el cráneo. En el siglo XVII nació la frenología, que florecerá durante los siglos XVIII y XIX y tras una corta vida, será considerada una pseudociencia en el XX. El objetivo de frenólogos como Joseph Gall, era el estudio de la personalidad del ser humano a través de las características físicas del cráneo. En aquella época, el estudio de las protuberancias de dicha parte de la anatomía les parecía un método más que fiable para analizar las características de su propietario original y parece que los filósofos eran una buena piedra de toque porque también la cabeza de Immanuel Kant, fue sometida a estudio a la luz de la nueva ciencia, como podemos leer en el pequeño opúsculo del doctor Wilhelm Gottlieb Kelch, titulado de manera muy poco original: "Sobre el cráneo de Kant".

Desde luego si yo fuera frenólogo, recalco, solo si fuera frenólogo, y me dieran a elegir el cráneo de un filósofo, elegiría a Immanuel Kant, esa mezcla de Sheldon Cooper, Frasier Crane y Paco Martínez Soria, que nació en Königsberg en 1724 y murió en el mismo lugar ochenta años más tarde, sin haber salido de su localidad natal. Y no por falta de oportunidades, puesto que le fue ofrecida una cátedra de Filosofía en la prestigiosa Universidad de Berlín, pero al bueno de Immanuel no le atraían ni las aglomeraciones ni los desplazamientos.

Nació en una familia muy humilde, de hecho, pudo comenzar sus estudios gracias a la beneficencia. Fue siempre el primero de la clase, y desde pequeñito tuvo una marcada inclinación por las especulaciones filosóficas. No fue muy aficionado ni a los eventos estudiantiles ni, en general, a los desahogos de cualquier tipo. Su precaria situación económica le hizo ponerse pronto a trabajar como preceptor y aunque se ganó el respeto de las familias que le confiaron a sus hijos siempre pensó que desasnar a la chiquillería no era lo suyo.

Amante de las tertulias y las conversaciones de cualquier índole, con 31 años dejó las clases particulares y pensando que ya era hora de tener un trabajo seguro que le permitiera dedicarse a lo que verdaderamente le gustaba, ganó las oposiciones para profesor universitario. Afortunadamente para sus alumnos la falta de emociones primarias del bueno de Immanuel no se reflejaba en sus lecciones, ya que en lugar de clases magistrales, como solían hacer la mayoría de profesores, se dedicaba simplemente a esbozar algunas directrices, con el fin de estimular la actividad y el filosofar autónomo de los estudiantes. 



A pesar de que jamás contrajo matrimonio (o quizás gracias a eso) fue considerado ejemplo de vida ordenada y metódica. Se interesaba por cualquier materia y solo se permitía  romper la rutina asistiendo y organizando tertulias y comidas, con mucha frecuencia en su casa, durante más de treinta años. Allí intercambiaba opiniones con gente de diversas procedencias e intereses acerca de cualquier tema, tan solo por el placer de hablar.



Ante una vida como esta, podemos imaginar fácilmente que le podía dedicar mucho tiempo a cualquier cosa y él eligió elaborar su propio sistema de pensamiento y construir opiniones fundadas acerca de todos los temas. Volveremos con Kant en otro momento, da para mucho.

Kant posando para un camafeo







miércoles, 5 de abril de 2017

René Descartes

Sinopsis
Descartes era un cincuentón que tras haber tenido una hija con su empleada de hogar y diversos amoríos, empezó a cartearse con una muchacha de quince años. A pesar de vivir lejos, esta muchacha, huérfana de padre y sin relación con su madre desde los trece años por incompatibilidad de caracteres, resultó muy persuasiva y en poco tiempo logró convencer al maduro filósofo no solo para que fuera a visitarla, sino para que quedara a vivir con ella. Al poco tiempo Descartes murió sin que todavía se sepan las causas. 

En septiembre de 1649, cuando Descartes ya era un respetable señor de cincuenta y tres años y un intelectual de renombre en toda Europa, fue invitado a la Corte Sueca por la futura reina Cristina, de diecisiete años, con la que se carteaba hace algún tiempo, debido a la afición de la joven a temas como la poesía, la filosofía, la teología o la astronomía. La neófita soberana disfrutó durante poco tiempo de la compañía del filósofo y de sus clases en las gélidas madrugadas, puesto que en febrero del año siguiente, Descartes murió, parece ser que de bronconeumonía, maldiciendo el clima de aquel país 'que helaba hasta los pensamientos', según sus propias palabras. Estudios recientes barajan la posibilidad de que el filósofo fuera envenenado con arsénico sin compasión. Personalmente y vistas las circunstancias, apuesto por el suicidio.

Descartes fue enterrado en la iglesia protestante de San Olaf, en Estocolmo, pero dieciséis años después de su muerte, amigos y admiradores en general solicitaron el traslado de sus restos a París para que reposaran definitivamente en un cementerio católico. El embajador de Francia en Estocolmo encargado de los trámites, era uno de los más fervientes admiradores del filósofo y pensó que una buena manera de demostrarlo sería poseer el dedo índice de la mano derecha del autor del Discurso del Método. Parece lógico¿Quién no ha deseado alguna vez poseer el dedo índice de la mano derecha de su difunto filósofo preferido?. Yo sí, desde luego. Así que aprovechando la exhumación del cadáver, confiscó o mandó confiscar, esto no está claro, dicho apéndice para quedárselo como reliquia. 

Pero no quedó ahí el saqueo de los restos de Monsieur Descartes ya que en el trayecto de Estocolmo a París, le fue sustraído su privilegiado cráneo por el capitán de la Guardia Sueca que ejercía la vigilancia del cadáver. No están claros los motivos por los que se descubrió el delito: el capitán pudo dejar el cadáver descabezado, lo cual sería un descuido imperdonable, o bien el cráneo que puso en su lugar no era muy concordante con el cuerpo que lo acompañaba, cosa extraña puesto que dieciséis años ejerciendo de fiambre estandarizan bastante nuestro aspecto. Digamos en defensa del mitómano militar, que si en nuestra vida diaria ya es difícil tener a a mano un cráneo humano, mucho más difícil es disponer de un cráneo humano que se parezca a René Descartes. Incluso para un capitán de la Guardia Sueca.

Si bien al dedo se le perdió la pista, no ocurrió lo mismo con la susodicha cabeza ya que, tras varias idas y venidas en diferentes y poco recomendables circuitos mercantiles, llegó a manos del científico francés Georges Cuvier, el cual lo entregó al Museo del Hombre de París, donde se encuentra actualmente y donde se puede disfrutar de su contemplación. 


René Descartes en la actualidad.

Para finalizar, ¿Qué conclusiones o enseñanzas podemos sacar para nuestra vida diaria de la muerte y pérdida de cabeza de René Descartes?.

  • Si viaja a Estocolmo en invierno y sale por la noche, aunque sea a dar clases de Filosofía, lleve ropa de abrigo.
  • No es ninguna obviedad desear a un cadáver que descanse en paz.
  • Perder la cabeza es una expresión multívoca.
  • Jamás contrate a un Capitán de la Guardia Sueca para vigilar el cadáver de un ser querido, ni mucho menos el suyo.
  • Muchas veces la historia parece mucho más interesante en la sinopsis.


Immanuel Kant